
Desde su aparición en la literatura y el cine, el mito del vampiro ha evolucionado entre sombras, pero dos figuras han dominado el imaginario colectivo como ninguna otra: Drácula y Nosferatu.
Ambos comparten raíces en la leyenda rumana de Vlad III el Empalador, sin embargo, tienen diferencias que representan visiones opuestas del terror. Drácula, creado por Bram Stoker en 1897, es el aristócrata seductor, envuelto en capas de romanticismo gótico y elegancia decadente.

Este personaje no solo encarna el mal, sino también la pasión eterna, la inmortalidad y el choque entre lo moderno y lo ancestral. En cambio, Nosferatu, la adaptación no autorizada de 1922 dirigida por F.W. Murnau, transformó al vampiro en una criatura repulsiva, desaliñada y cargada de simbolismo pestilente.
Sin derechos sobre la novela de Stoker, el equipo cambió nombres y lugares: Drácula se convirtió en el Conde Orlok, Transilvania en Wisborg, y la historia adquirió un tono más pesadillesco, convirtiéndose en un ícono del expresionismo alemán.
Mientras Drácula seduce con miradas y palabras, Orlok irradia peste y muerte con solo su sombra. Esta dualidad no solo define sus personalidades, sino también sus mundos narrativos: Drácula mezcla horror, romance y suspenso, explorando temas como el miedo a lo desconocido y la corrupción de la pureza victoriana. En contraste, Nosferatu es una sinfonía del terror visual, donde la luz, las sombras y los decorados distorsionados generan una angustia casi física.

La película de Murnau, aunque fue ordenada a destruirse por los herederos de Stoker (solo sobrevivieron copias clandestinas), se convirtió en un clásico fundacional del cine de terror, sentando las bases para generaciones de cineastas.
Legado cinematográfico: cómo dos vampiros siguen influyendo en el cine actual
La influencia de Drácula trascendió la literatura para convertirse en un arquetipo global. Adaptaciones como Horror of Dracula (1958), con Christopher Lee, consolidaron su imagen como un ser oscuro pero carismático, mientras que Bram Stoker’s Dracula (1992), de Francis Ford Coppola, potenció su dimensión trágica y amorosa con una estética opulenta y barroca.

Incluso modernizaciones como Drácula (2000), con Gerard Butler, intentaron trasladar su mito al presente, mostrando cómo el vampiro romántico sigue vigente (y probablemente fue una fuente de inspiración para sagas como Crepúsculo).
En contraste, Nosferatu ha sido celebrado por su crudeza simbólica y su rechazo al glamour. Su remake de 1979, dirigido por Werner Herzog, recuperó la atmósfera lúgubre y poética del original, con Klaus Kinski como un Orlok desgarrador y melancólico.

Pero la evolución continúa: en 2024, el cineasta Robert Eggers (conocido por The Witch y The Lighthouse) estrena su versión de Nosferatu. Una reinterpretación fiel al espíritu expresionista, rodada en blanco y negro y con una estética gótica intensa.
La película profundiza en la obsesión del Conde Orlok por Ellen Hutter, reforzando el vínculo entre deseo, muerte y destino. Con un enfoque en el terror psicológico y una fidelidad casi arqueológica al tono original, esta nueva entrega no solo homenajea a Murnau, sino que reafirma que el mito del vampiro sigue vivo, aunque, esta vez, más aterrador que nunca.

Ambas visiones, la seductora y la monstruosa, demuestran que el vampiro no es un solo ser, sino un espejo de nuestros miedos más profundos.
Drácula y Nosferatu son dos lados de una misma leyenda, dos espejos enfrentados que reflejan cómo el miedo y el deseo se transforman con el tiempo. Uno nos seduce con su elegancia, el otro nos paraliza con su horror primitivo. Pero ambos han dejado una huella imborrable en la cultura visual y cinematográfica, influyendo en directores, diseñadores y narradores de generaciones posteriores.

Un nuevo Drácula este año

Aunque la versión de Robert Eggers centrada en Nosferatu ha acaparado la atención del cine de terror en 2024, la nueva reinterpretación de Drácula, viene envuelta en misterio. Producida por estudios de renombre y con un guion que explora los orígenes históricos de Vlad el Empalador desde una perspectiva más cruda, esta película busca redefinir al vampiro más famoso del mundo: no como un seductor inmortal, sino como una fuerza de venganza ancestral.




